Hola amantes de lo
friki soy Gri “yo” González y esto es Cine
El cine se basa en
la fotografía un arte que data de hace casi 200 años
Hay muchos géneros
de cine pero nosotros nos vamos a centrar en el área del cine de aventuras.
Sobre
el papel, ‘Elysium’ (id, Neill Blomkamp, 2013) era una de las apuestas más sólidas
de este verano que, si algo está sirviendo para demostrar, es que las fórmulas
de los blockbusters muestran inequívocos signos de cansancio a los que nadie
parece querer poner remedio. Sintómaticos han resultado los estrepitosos
fracasos en Estados Unidos de mega-producciones como ‘Pacific Rim’ (id,
Guillermo del Toro, 2013) o ‘El llanero solitario’ (‘The Lone Ranger’, Gore
Verbinski, 2013), costosos filmes que se vieron superados en sus respectivos
fines de semana por el efecto secuela de estupideces como ‘Niños grandes 2’
(‘Grown Ups 2’, Dennis Dugan, 2013) o los inofensivos minions de ‘Gru, mi
villano favorito 2’ (‘Despicable Me 2’, Pierre Coffin, Chris Renaud, 2013).
Y
aunque aún sea pronto para poder arrojar luz sobre el buen funcionamiento del
nuevo filme de Neill Blomkamp, me atrevería a apuntar que el hecho de
que ‘Somos los Millers’ (‘We’re the Millers’, Rawson Marshall Thurber,
2013) —a priori, otra de esas comedias de las que se producen como churros al
otro lado del charco…a priori, cuidado— haya recaudado ya 51 millones de dólares
cuando ‘Elysium’ sólo ha recabado 42 en la taquilla estadounidense parece
indicar que esta producción de ciencia-ficción no va a ser el éxito que se
le preveía antes de su estreno, máxime cuando ya hay previsiones que la hacen
descender más de un 50% en taquilla de cara a este fin de semana.
(ATENCIÓN,
SPOILERS) Y si he querido empezar así la crítica de ‘Elysium’ ha sido para
evitar incluir antes del salto el que habría utilizado como indudable arranque
de no ser por mi firme voluntad de que algún despistadillo pudiera destriparse
lo que considero, por encima de otras apreciaciones que desgranaré a continuación,
el peor error que comete la presente producción. Un error que, a la postre,
termina jugando en contra de un filme cuyo guión no hace más que abundar una y
otra vez en lo erróneo de su planteamiento inicial. Y es que ‘Elysium’
pertenece a ese grupo de películas que, apilando cuantos más deus ex machina
mejor, se desmotan en cuanto reducimos al absurdo el McGuffin que mueve toda
la acción.
Estamos
a mediados del siglo XXII, la Tierra está superpoblada y se ha convertido en un
entorno hostil para el grueso de la raza humana, ya que la élite vive en
Elysium, una impresionante estación espacial en órbita geo-sincrónica a la que
todo terráqueo sueña con ir ya que, entre sus muchas ventajas, cuenta con unas plataformas
médicas presentes en todos los hogares capaces de curar en segundos cualquier
enfermedad. La existencia de estas plataformas provoca que desde la
superficie del planeta se lancen naves-patera con inmigrantes ilegales hacia un
lugar que, oh sorpresa, con toda su tecnología punta, carece de unas meras
baterías antiaéreas para protegerse de la constante “amenaza” que supone la
llegada de estos indeseables teniendo que recurrir a un agente llamado Kruger
que, desde Los Ángeles, lance unos misiles al espacio exterior que destruyan
los vehículos.
Por
muy absurdo que pueda sonar, esto último se ve superado con creces desde el
momento en que uno se plantea la siguiente pregunta: si aquellos que aún
habitan el planeta quieren ir a Elysium a curarse, ¿porque no habilitar en
cada hospital de las grandes ciudades una planta con las citadas plataformas médicas?
Aquí podrían argumentarse factores como el alto coste de esa tecnología o el
hecho de que, si se compartiera, la idiosincrasia de la estación Elysium perdería
su razón de ser. Argumentos ambos muy válidos de no ser porque el desarrollo de
la historia se encarga de destruirlos, y a conciencia, tanto por el hecho de
que, repito, toda vivienda cuente con una de estas plataformas como porque,
llegado el final, contemplamos atónitos como existen naves médicas repletas de
los avanzados “cacharros”.
Dudando
que fuera tan sólo una percepción personal, el hecho de que mis compañeros de
visionado la corroboraran a la finalización de la proyección, no hizo más que
acrecentar mi indignación ante la pérdida de tiempo que había supuesto la
cinta, sacando a la luz al tiempo otras indiscutibles flaquezas enmarcadas,
como decía más arriba, en los constantes “por que si no pasa no hay más película”
en los que se apoya el avance de la trama. Y aquí encontramos de todo un
poco. Pasando por alto el que la capacidad de la cinta de sorprender sea nula
—en los primeros minutos uno intuye con claridad cómo va a terminar la función—,
hechos como que el sistema sanitario esté al borde del colapso pero el
educativo produzca genios capaces de ver un código informático y saber de forma
instantánea que está contemplando —algo que personalmente me chirrió lo
indecible— no hacen sino abundar en las pésimas sensaciones con las que uno
abandona la sala.
A
debilidades como la citada, se suman otras muchas como el forzado carácter
mesiánico del personaje interpretado con extrema desidia por Matt Damon; la
inane historia de amor metida con calzador; esa acartonada villana sin escrúpulos
que encarna con intensidad pero sin capacidad de convicción Jodie Foster
o, en el terreno meramente artístico, la arquetípica banda sonora, cuyas
incuestionables herencias “zimmerianas” nos retrotraigan una y otra vez al
universo de cierto hombre murciélago.
Ante
todo lo anteriormente expuesto, poco pueden hacer para levantar el filme
algunas de las fortalezas de la producción, ya vengan estas de mano de unos
diseños asombrosos y de unos efectos visuales que, una vez más, hacen de la
suciedad la mejor manera de parecer verosímiles; de un irreconocible Sharlto
Copley que es el único que parece divertirse con el desaguisado,
construyendo un villano de indudable carisma; de aquellos momentos en los que
la dirección de Blomkamp se esfuerza por encontrar fórmulas que sorprendan al
espectador o en última instancia de que, inicialmente, la cinta quiera
funcionar como siempre lo han hecho los grandes títulos del género, tratando
de posicionarse sin conseguirlo como un vehículo de crítica social hacia la
realidad del momento.
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