Hola amantes de lo
friki soy Gri “yo” González y esto es Cine
El cine se basa en
la fotografía un arte que data de hace casi 200 años
Hay muchos géneros
de cine pero nosotros nos vamos a centrar en el área del cine de aventuras.
Antes de que el cine fijara sus miras en él, ‘Big Fish’ había comenzado
siendo la primera novela de Daniel Wallace, una colección de pequeños
relatos en inconexa sucesión que, recogiendo en muchas ocasiones la tradición
de las tall tales del sur de Estados Unidos, tenían como eje común al personaje
de Edward Bloom, un cuentacuentos que ha pasado toda su vida rehaciendo a su
antojo los acontecimientos que han ido jalonando su existencia, transformándolos
de meros hechos sin importancia en auténticas aventuras en las que, cómo no, el
siempre es el héroe.
Unos seis meses antes de que fuera publicada en 1998, John August,
futuro guionista del filme, había tenido acceso al manuscrito de esa “novela de
dimensiones míticas” que estaba a punto de ver la luz e, impulsado por casi las
mismas circunstancias en las que más tarde se encontraría Burton, logró
convencer a los ejecutivos de la Columbia para que se hicieran con los derechos
del libro. Convirtiendo la inconexa estructura de la novela en un guión
cohesivo que dotaba a la historia de un objetivo y le imprimía progresión,
Wallace y los productores del filme comenzaron a considerar cuál sería el
director idóneo para llevar a cabo la empresa de rodar tan extraño material, y
un único nombre fue puesto sobre la mesa, el de Steven Spielberg.
Inicialmente prevista para ser co-financiada por Dreamworks, el
cineasta iba en principio a hacerse cargo del rodaje una vez hubiera terminado
con ‘Minority Report’ (id, 2002), y se empeñó en que Jack Nicholson
era el actor apropiado para encarnar al Edward Bloom que terminaría
interpretando Albert Finney, obligando dicha decisión a August a
reescribir partes del libreto para así dotar de más protagonismo al personaje.
Distraido en última instancia con ‘Atrápame si puedes’ (‘Catch Me if You
Can’, 2002), Spielberg y Dreamworks terminarían abandonando ‘Big Fish’, momento
que August aprovechó para volver a una versión del guión con la que estaba más
satisfecho de forma que, cuando se la presentaron a Tim Burton, “la historia
estaba en mejor forma de lo que nunca había llegado a estar”. ‘Big Fish’
es, hasta donde recuerdo de las opiniones que he ido recabando a lo largo de
los años, una cinta que nunca ha admitido medias tintas: o la amas
profundamente, te dejas atrapar por su arrebatadora magia y la guardas en un
pequeño rincón de tu corazón como una de esas lecciones vitales que nunca se
deben olvidar; o la odias con todo tu ser, rechazando de pleno lo absurdo de su
narrativa y episódico de su metraje, lo irregular de su ritmo, el lastre que
suponen tantos y tan mal aprovechados secundarios —y algún actor principal— y,
por supuesto, la simpleza de su mensaje final.
Y por si acaso no he dejado ya diseminadas suficientes pistas acerca de en
cuál de las dos posiciones sitúo mi opinión acerca de la cinta de Burton, quede
ya afirmado sin atisbo de duda que abrazo con fuerza el primer grupo y
considero que ‘Big Fish’ es, junto a ‘Eduardo Manostijeras’, lo mejor que
nos ha dejado Tim Burton en su ecléctico devenir por el séptimo arte aunque
ello no implique, ni mucho menos, que no sea capaz de aceptar las imperfecciones
del filme, sobre todo aquellas que se le han achacado una y otra vez acerca de
los muchos altibajos que atesora su narración.
Derivados de los saltos entre pasado y presente mediante los cuales queda
estructurado el filme, es cierto que, en alguna de las ocasiones en las que la
trama abandona el fascinante y colorido relato de la vida de Edward Bloom para
centrarse en su objetivo primario, la historia de reconciliación entre padre e
hijo, la cinta pierde en intensidad sobre todo por la carencia de una figura
con la personalidad suficiente como para tirar del carro de igual manera
que lo hace, de forma sobresaliente, un esplendoroso Ewan McGregor que
en no pocas ocasiones recuerda en cierto modo la luz que desprendía James
Stewart.
De hecho, encuentro aún más reprochable la decisión de Burton de hacer
descansar el peso de la vertiente más dramática de la cinta en las incapaces
manos de Billy Cudrup que echarle en cara a August la innecesariedad de
estas determinantes secuencias en las que contamos con esos dos monstruos de la
pantalla que son Albert Finney y Jessica Lange para compensar aquello
que el hijo en la ficción de ambos es incapaz de aportar.
Tanto es así, que uno de los tres mejores momentos que tiene la cinta, y
sin duda alguna el más emotivo junto a ese magnífico “Grand Finale” al que pone
alma la partitura de un inspirado Danny Elfman, se lo debemos a la capacidad
de los veteranos intérpretes de expresar sentimientos sin mediar palabra y
a la extraña sobriedad que detenta la realización de Tim Burton cuando,
mediante una meticulosa y minimalista planificación, concreta la secuencia de
la bañera, una de las más bellas y cargada de significado —el director acababa
de perder a su padre poco antes de comenzar el rodaje— que el cineasta ha
rodado en cualquiera de sus producciones.
Junto a ellas, y completando esa terna a la que hacía referencia, hay que
traer a colación el momento en que Edward Bloom ve por primera vez el bello
rostro de aquella que habrá de convertirse en su esposa, una joven Sandra a la
que pone etéreo rostro Alison Lohman imitando, sin caer en la
caricatura, los característicos gestos de su contrapartida más adulta:
congelando el tiempo —una secuencia que, como el resto del filme, echó más mano
de la imaginación que de los efectos digitales— Burton consigue otro instante
mágico de esos que una vez visto no se olvidan, poniendo en imágenes esa
percepción imposible de explicar que el arrebato del amor provoca en el
enamorado.
Lo variado del relato ideado por Wallace y adaptado por August, permite a
Burton plantear una recorrido histórico por el pasado reciente de su país pero,
a diferencia de como lo hiciera Robert Zemeckis en ‘Forrest Gump’(id,
1994), el suyo está tan tamizado y personalizado —curioso es el juego de “autohomenajes”
que el director va introduciendo a anteriores filmes suyos— que hay que ir
leyendo entre líneas para ir adivinando a qué época corresponden los diferentes
acontecimientos por los que transita la vida de Edward, quedando todo
plenamente justificado desde el momento en que debe tenerse claro que todo lo
que vemos en cuanto a lo que al personaje le sucede en el pasado, está
vislumbrado a través de la óptica de cuento en la que queda impregnado todo el
tono del filme.
Y como cuento, ‘Big Fish’ funciona a la perfección, no siendo necesario
buscar más sentido a las fantasías del sr. Bloom que la pequeña enseñanza que
se deriva de cualquiera de las narraciones con las que nuestros padres trataban
de hacer que cayéramos en brazos de Morfeo cuando éramos unos enanos. Y si ya
la frase inicial que se pone en boca del personaje de Cudrup deja claro que es
lo que vamos a ver —esa que reza que “a la hora de contar la historia de la
vida de mi padre es imposible separar los hechos de la ficción, el hombre del
mito“—, el bellísimo discurso final en off de ese hijo que termina
comprendiendo que la fantasía en esta vida es a veces tanto o más necesaria
que la realidad.
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