Hola amantes de lo friki soy
Gri “yo” González y esto es Cine y Cómic
El cine se basa en la
fotografía un arte que data de hace casi 200 años y el cómic, unos
diecisiete mil
Hay muchos géneros de cine y
cómic pero nosotros nos vamos a centrar hoy en el área del arte underground.
Sin Robert
Crumb no existiría el cómic underground estadounidense. Figura
fundamental para entender los procesos que llevarían a la aparición de ese otro
tipo de arte secuencial tan sumamente diferente del que hasta los sesenta había
dominado el mercado editorial norteamericano, la vida de éste artista nacido en
Philadelphia que quería ser dibujante de cómics cambió “gracias” a la
influencia del LSD, ya que fue a raíz de probarlo que dejó su trabajo en una
compañía de tarjetas de felicitación para mudarse de Nueva York a San Francisco
y comenzar una trayectoria que abarca ya cinco largas décadas.
De entre todas
sus incontables creaciones —una gran mayoría de las cuales han sido publicadas
en nuestro país por La Cúpula, editorial “oficial” del autor— una de las más
tempranas y que mayor reconocimiento aportó al dibujante en su momento fue ‘Fritz,
el gato caliente’, un personaje que Crumb había creado en 1959 junto a su
hermano Charles y que, tras muchas tiras que el norteamericano dibujó para su
propia diversión, terminó viendo la luz en las páginas de ‘Help!’, un
magazine publicado por el legendario Harvey Kurtzman, antiguo editor de
la no menos legendaria revista ‘MAD’
Publicado de
forma irregular, debido al errático carácter del autor, si hay algo que habla
mejor que cualquier posible loa acerca de la repercusión que tuvo el
irreverentísimo personaje, es que Crumb sólo llegó a producir poco menos de 100
páginas de las aventuras de su felino, unas páginas que fueron más que
suficientes para encender la imaginación de una generación de lectores e
inflamar las ansias de los mismos por títulos que ninguna relación tuvieran con
tipos vestidos con mallas.
Uno de aquellos
lectores en los que Fritz causó mella fue Ralph Bakshi, un joven dibujante de
animación que tras trabajar para Paramount había abierto su propio
estudio en 1968 y que, dando con una copia de uno de los primeros
recopilatorios que se editaron del personaje en 1969, tomó la determinación de
que la traslación a la gran pantalla del “minino” supondría su debut en el
séptimo arte como realizador. Acto seguido, Bakshi contactó con el productor Steve
Krantz, y entre los dos trataron de convencer en vano de la viabilidad del
filme a un Crumb que finalmente rechazó cualquier acuerdo posible, llegando
a rodarse la cinta gracias a la providencial intervención de la esposa del artista
por aquellos años.
Con los
derechos del personaje ya en su propiedad, una de las mayores dificultades que
encontraron Bakshi y Krantz a la hora de poder comenzar con la dificultosa
producción que siempre acarrea un dibujo animado fue dar con un estudio que
estuviera dispuesto a respaldarlos, y tras varios intentos frustrados se
toparon con la aprobación inicial de la Warner. Pero con lo que los
ejecutivos de la major no contaban era con el elevado tono sexual que la
cinta iba a enarbolar, y el primer pase de material con la secuencia de
quince minutos que se desarrolla en Harlem dejó muy claro que Warner sólo iba a
permanecer a bordo de la empresa bajo unas estrictas condiciones. Recuerda
Bakshi al respecto que:
Tenías que haber visto sus caras en la
sala cuando les mostré la cinta. Recordaré sus caras hasta que muera. Uno de
ellos incluso se levantó y se fue. Joder, tenías que haber visto su cara. Me
dijeron “¡Esta no es la película que te hemos permitido hacer¡” , a lo que yo
contesté “Y una mierda, ya la he hecho”.
Las condiciones
impuestas por Warner, una disminución considerable del contenido de sexo y la
contratación de estrellas para doblar a los personajes, fueron rechazadas por
Bakshi, y finalmente serían Cinemation Pictures, una compañía que
esperaba poder exhibir el filme como parte de sus producciones grindhouse, y Saul
Saentz quienes pondrían los fondos necesarios para que Bakshi pudiera
finalizar una cinta que se basaba en tres historias diferentes del personaje y
cuyo estilo de animación pretendía ser completamente rompedor para lo que
hasta entonces se había visto en las cintas de dibujos animados, un mundo
marcado, cómo no, por el sello Disney.
Tanto llega a
alejarse la cinta de lo que la compañía del ratón Mickey supone que, en ese
tono tan brutalmente irreverente que el metraje lleva por bandera desde el
primer minuto, hay dos o tres ocasiones en que las puyas a Disney son directas,
siendo la más brutal de todas ellas aquella en que las siluetas de unos
personajes que son claramente identificables como Mickey, Minnie y Donald,
jalean a unos aviones del ejército norteamericano cuando se disponen a
bombardear con napalm uno de los barrios raciales en los que discurre la acción.
Sutil ¿verdad?.
Y es que esa
cualidad no abunda precisamente en un filme que desde su secuencia de apertura
deja claro que, por mucho que venga interpretada por animales
antropomorfizados, lo que aquí se va a tratar son temas de candente
actualidad…de la década de los setenta, claro. Así, al margen de la obsesión de
Fritz por el sexo, que ocupa la primera secuencia larga del filme con una orgía
en ¡una bañera!, la conversación que mantienen esos obreros de la construcción
en los minutos iniciales versa sobre el consumo de drogas y el clima
político y social de la época, ejes temáticos que vertebrarán una cinta en
la que es muy normal ver a “graciosos animalitos” fumando cannabis o
inyectándose heroína, felicitándose entre sí por la decisión del gobierno de
enviar armas a Israel o cometiendo delitos de diversa índole como si tal cosa.
Es muy evidente
pues que ‘El gato caliente’ no es un filme apto para chavales, una franja de
edad que, desafortunadamente, se ve ampliada sobremanera por lo anclado que
están todos los discursos de la cinta en una época y un lugar determinados, tan
anclados que, salvo algún apunte más universal, si el espectador desconoce cómo
era la vida en el Nueva York —y por extensión, en Estados Unidos— más
reivindicativo de hace cuarenta años, es muy probable que el rechazo hacia
lo que propone Bakshi en la cinta sea casi inmediato.
Añadiéndose a
esto, y para agravar aún más los problemas del filme, su carácter episódico y
casi carente de solución de continuidad entre secuencia y secuencia, provoca
que las diversas aventuras de Fritz por la gran manzana se atiendan con
desigual interés, por mucho que la producción siga conservando lo arriesgado
de su apuesta y lo novedoso de su animación cuatro décadas más tarde.
Primer filme de
“dibujitos” en ser calificado X, y aún a pesar de su limitada distribución, ‘El
gato caliente’ llegó a recaudar unos 100 millones de dólares convirtiéndose en
la película de animación independiente más taquillero de la historia.
Testimonio vivo, como hemos dicho, de una época de gran agitación, la cinta ha
perdido parte de su potente carácter reivindicativo vista a través de los ojos
de un ciudadano del s.XXI, pero su valor histórico hace que sea una parada
imprescindible para el cinéfilo amante del género animado y, qué duda cabe, de
los cómics, albergando muy pocos valores para aquellos que no se adscriban a
ambos grupos.
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