Hola amantes de lo
friki soy Gri “yo” González y esto es Cine
El cine se basa en
la fotografía un arte que data de hace casi 200 años
Hay muchos géneros
de cine pero nosotros nos vamos a centrar en el área del cine de aventuras.
Aunque a priori estuviera bastante lejos de mi intención llevar la
contraria a una afirmación tan categórica de un escritor que nos dejó algunas
de las mejores novelas de ciencia-ficción —y una película que ya tocaremos en
su momento— que haya tenido ocasión de leer, en lo que se refiere a la valoración
final de ‘El enigma…de otro mundo’ (‘The thing from another world’,
Christian Nyby, 1951) me veo en la obligación de posicionarme en una actitud
bastante más relajada que el autor de ‘Esfera’.
Para matizar esta postura os insto, obviamente, a seguir leyendo, si bien
debo dejar claro antes de comenzar a analizar la cinta que, sin estar
plenamente de acuerdo con la aseveración del norteamericano, sí que soy de los
que piensan que el presente filme es una de las mejores y más tempranas
muestras de lo que el género llegó a ofrecernos durante la prolija década de
los cincuenta y que sin él, mucha de la ciencia-ficción que nos llegaría más
tarde no habría sido la misma.
Relato de ese adorado escritor de ciencia-ficción del siglo pasado que es John
Wood Campbell Jr. que apareció por primera vez en las páginas de ‘Astounding
Stories’ en 1938, en ‘Who Goes There?’ se abordaba una peculiar invasión
extraterrestre mediante la infiltración de un ente alienígena en una base
del polo Sur y cómo, por su capacidad de asumir cualquier forma orgánica, éste
va diezmando a los miembros de la expedición que, ignorantes, lo han
introducido en su campamento.
Respetando en gran parte la construcción general del relato, ‘El enigma…de
otro mundo’ es tan fiel a las páginas desde las que deriva que mucho de lo que
puede achacársele al texto original juega igualmente en detrimento de la
apreciación de un filme que falla —aunque siempre se quede muy lejos de hacerlo
estrepitosamente— en la creación de una atmósfera más opresiva, en generar un
mayor estado de paranoia en sus protagonistas y, en última instancia, en transmitir
algo de ese horror que las páginas de Campbell apuntaban con sus claras
reminiscencias a los relatos de H.P.Lovecraft, en especial a esa genial
novela llamada ‘Las montañas de la locura’ que esperamos poder ver algún
día llevada a la gran pantalla de la mano de Guillermo del Toro.
Pero no nos desviemos. Decía que el guión del filme, obra de Charles
Lederer, se mantiene bastante cerca de lo que la lectura del texto original
nos ofrece, aunque se aparte de ella en un punto que hubiera resultado
fundamental a la hora de aportar mayor fuerza a la terrible criatura
descrita por Campbell: no cabe duda de que fueron las limitaciones técnicas de
la época las que llevaron a los responsables del filme a prescindir del carácter
adaptativo del ente que los protagonistas encuentran encerrado en los hielos,
optando en su lugar por una presencia física de clara inspiración “karloffiana”
—la criatura es clavada al monstruo de Frankenstein encarnado por el actor en
el filme de James Whale—.
Dejando atrás las diferencias entre adaptado y adaptación, si hay algo por
lo que este filme ha acaparado la atención de los cinéfilos a través de las décadas
es por las muchas dudas existentes alrededor de su verdadera autoría: producida
por Howard Hawks y acreditada a Christian Nyby, editor de varios
de los filmes más importantes del realizador estadounidense —entre los que se
cuentan ‘Tener y no tener’ (‘To Have and Have Not’, 1944) o ‘Río
Rojo’ (‘Red River’, 1948)—, muchas son las voces que han argumentado que el
papel de Hawks en este filme fue muchísimo más allá de lo que Nyby siempre
quiso defender como suyo. Tanto es así, que Kenneth Tobey, el actor
que aquí encarna con irregular convicción al Capitán Patrick Hendry.
Se puede decir más alto, pero probablemente más claro, no. Afirmaciones de
uno de los principales intérpretes al margen, soy de los que opinan sin dudarlo
que ‘El enigma…del otro mundo’ es un filme Hawks cien por cien. Una
opinión que se fundamenta en la inequívoca impronta que la cinta tiene a esa
forma tan personal y tan estudiada que Hawks poseía a la hora de enhebrar el “grupo
hawksiano” del que tantísimo se ha podido llegar a hablar cada vez que se ha
estudiado el cine del director y que, según apuntaba Joseph McBride:
(…)siempre trata de un grupo de profesionales estrechamente ligados que
intentan realizar una tarea difícil juntos mientras mantienen un código propio
de conducta, rigurosamente definido. Ya sean pistoleros, aviadores, cazadores (…),
la gente de Hawks se mueve en una sociedad cerrada en sí misma en la cual los
esquemas de conducta son la habilidad personal, la lealtad al grupo y el
autorrespeto.
Claramente adscrito a estos modos de descripción de los personajes, resulta
sintomático que en la planificación del filme sean muy pocas las veces en las
que la cámara encuadra a menos de cuatro personajes, reservándose dichos contados
momentos a unos apuntes amorosos completamente inservibles que entorpecen
sobremanera el avance de una trama que se mueve presa de un irregular ritmo,
ora alocado y frenético, ora sosegado y de clara voluntad expositiva, un hecho
que termina jugando en contra del tono final de una cinta que debería haber
jugado mucho mejor sus cartas de temor ante lo desconocido e insuperable que
resulta la criatura.
Dada su temprana fecha de producción, está claro que la relevancia de ‘El
enigma…de otro mundo’ en la configuración de los patrones que seguirán muchas
de las cintas de género de la década, es indiscutible: aquí encontramos ya las semillas
que después germinarán en la xenofobia alien, el poco creíble enfoque científico
y el marcado tono militarista que, por ejemplo, podíamos observar en ‘La
guerra de los mundos’ (‘The War of the Worlds’, Byron Haskin, 1953) y que
queda claramente rubricado por ese “Vigilad los cielos” con el que se cierra
ominosamente un filme fundamental en la historia del género al que, además, hay
que agradecerle el que sirviera de inspiración a John Carpenter para ese
magistral título que es ‘La cosa’.
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